Tus propias reglas

Existen esos momentos, momentos en los que la realidad parece convertirse en una ilusión, momentos en los que, si parpadeas un instante, todo cuanto creías conocer se desvanece en una voluta de humo. 
Al abrir los ojos, te despiertas en un lugar extraño, un espacio infestado de gente que danza a tu alrededor en un baile de luces y sombras. Los focos se desplazan alternativamente, no llegan a iluminar tu piel pero sí tiñen al gentío de cientos de colores. 
Te sientes mareado. Todo está sucediendo demasiado deprisa, casi no tienes tiempo de adaptarte a las nuevas condiciones del medio en el que ahora te mueves. El ruido es atronador. Apenas oyes tus propios pensamientos. Tienes la boca seca; el sudor hace que la ropa se adhiera a tu piel y el agobio que se respira con cada bocanada de aire, no hace sino alimentar la angustia que te consume por dentro.
No sabes qué hacer, pero intentas una y otra vez no cometer una estupidez. No decir nada fuera de lugar, nada que luego pueda ser utilizado en tu contra. Mejor seguir la corriente y no contrariar a los otros: jugar de acuerdo a sus reglas y no complicarte buscando las tuyas. Eso es lo que normalmente harías. Pero ése no eres tú. Nunca lo has sido.
No obstante, esta vez hay algo diferente. Algo que te hace percibir cuanto te rodea como a un ente distorsionado; una certeza que siempre has tenido, pero que hasta ahora te resultaba desconocida: posees tus propias reglas. Y ahora que sabes cómo mover ficha, el juego puede empezar.

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