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Mostrando entradas de enero, 2013

Al borde del precipicio

El abismo se abre a tus pies y notas como tu corazón incrementa su ritmo, hasta que percibes sus palpitaciones en tus tímpanos. La adrenalina empieza a fluir por tus vasos y la sensación de vértigo se vuelve sobrecogedora.  Quieres luchar, pero tus fuerzas parecen haberte abandonado. Sólo te queda la opción de dejarte llevar, no resistirte más tiempo y permitirte caer. Porque las esperanzas que te han hecho sobrellevar tan pesada carga se han esfumado, arrastradas por el vendaval que sopla desde la parte más honda del acantilado.  Las olas que golpean las rocas con violenta furia parecen ser la señal que el lecho marino ha escogido para reclamarte como suyo. Cuanto más lo demores, peor se pondrá la tempestad. Lo único que puedes hacer es rendirte a lo inevitable y saltar tú antes de que ceda el suelo bajo tus pies.  Porque sólo hay una cosa que puede detener tu caída desde el borde del precipicio. Y no está ahí.

Doble filo

Con una simple frase, es capaz de someter al viento; aunque siempre tiñe sus palabras de calma.  Es dueña y señora de un corazón de frío hielo al que enmascara con artificios de fuego y de agua.
Quien pudiera acariciar el preciado espíritu con la punta de los dedos;  rozar la esencia misma de la belleza triste y la violencia apagada:  una furia ciega y un latido desenfrenado, una fiereza que vence al miedo,  aunque culmine en un pesar permanente y de naturaleza afilada; un llanto luminoso que se mantiene oculto en lo profundo de su pensamiento, pero que, como la luz a las polillas, atrae a las almas desesperadas.
Su poder es incuestionable: arrastra la realidad con la fuerza de un tornado; no hay raíces lo bastante profundas que escapen al influjo de su mirada. Incluso con el paso de los años, cuando la piel alcance un tacto apergaminado,  el mundo seguirá girando, firme y constante, al son de su juego de cartas.
A veces, su terquedad y convicción inspiran los temores más intensos: esos terrores noc…

Espejismo

Crees que lo que ves es real. Lo miras, lo palpas, tratas una y otra vez de aferrarte a eso, creyendo que da sentido a tu existencia, que su presencia inmanente da personalidad y profundidad a tu realidad. Pero no lo hace: en el fondo, lo sabes. 
Sólo es un espejismo, una ilusión que se diluye en un instante, dejándote solo y perdido. Y por mucho que retengas esa idea, no conseguirás que sea real. 
Porque lo inexistente no se hará existente, no hay mentira que se convierta en verdad. Lo falso no puede ser cierto y verdadero. Y no hay más que hablar: lo sabes tan bien como yo.