Déjame en paz, futuro

Desde hace unos días siento cómo la vida me desborda, cómo las decisiones que en su momento debería haber tomado, reflexionando cuidadosamente, llaman ahora a mi puerta, como ansiosos acreedores a la espera de un pago que no puedo asumir. Y aquí estoy yo, bloqueándola, fingiendo que no estoy en casa, recostado contra la pared cubriéndome los oídos con las manos mientras entierro la cabeza entre mis rodillas. El futuro es un especulador y un mafioso cruel: le solicité un préstamo cuyos intereses son más elevados de lo que al principio pensé. Y ahora el contrato está firmado y sellado, y echarse atrás no es una opción. Lo único que se me ocurre hacer es esconderme, hacer oídos sordos a los esbirros que ha mandado tras de mí.  Y las palabras, aquellas que inexorablemente determinaron mi camino, se repiten una y otra vez en mi cabeza, un eco palpitante y continuo como el del Corazón Acusador de Edgar Allan Poe; las agujas de un reloj que trazan su ciclo y cuyo retintín me enloquece; el peso de un error que ha dado forma a mi destino.
Sin embargo, mientras más lo pienso más me doy cuenta de que puedo salir de esta situación: puedo romper las cadenas que me atan, puedo abandonar aquello que me está haciendo sufrir. Por difícil que parezca, solo debo levantarme, abrir la puerta, apartar de un empujón a todos aquellos que quieren que pierda la fe, y seguir adelante sin lamentarme más del pasado. Después de todo, éste ya no se puede cambiar, y soy más que capaz de decir al futuro: déjame en paz.
Solo tengo que creer que puedo.

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