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Descenso al Maelström

No entiendes que viva de recuerdos prestados,  me sigues viendo como un barco a la deriva, que se precipita contra los altos acantilados,  pese a tus vanos esfuerzos por salvar mi vida. Pero ni soy un galeón abandonado,  ni una nave en la niebla perdida:  soy un torbellino peligroso y aislado, que acarreará tu absoluta ruina. Porque soy  Caribdis, devoro todo a su paso, soy un vórtice de emociones muy frías,  que arrastrará a las profundidades tu barco, hasta depositarlo en su tumba submarina. Cada vuelta te arrastra más y más al abismo; si desciendes al Maelström no hay posible huida ;  enfrentarte a mi fuerza es desafiar al destino, dejarte llevar, lo único que evitará tu caída.  Porque engulliré tu tierna alma giro tras giro,  atraparé tu corazón con una simple mirada,  sentiré cómo naufragas en cada triste latido  y cómo te hundes hasta perderte en la nada.

Rodarán cabezas

Ya está. Ha sucedido. El inicio del fin ha llegado y la inexorable cuenta atrás ya ha comenzado. La censura final está aquí; la privatización de toda libertad empieza ahora y no va a detenerse. Todos contenemos el aliento, acongojados y muertos de miedo; no sabemos cuál será el siguiente movimiento que hará la oscura sombra que nos gobierna, pero de algo podemos estar seguros: rodarán cabezas. No obstante, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que sigo sin comprender porque vivimos de esta manera. ¿Por qué dejamos que otros decidan lo que está bien o mal? ¿Por qué una escasa minoría ostenta todo el poder y llevan vidas de lujo y ensueño mientras hay gente sin trabajo, asfixiados para llegar a fin de mes, o muriéndose de hambre en los casos más extremos?  La respuesta es muy clara: porque nosotros lo permitimos. Consentimos que haya una vieja nobleza veneciana vestida de marca haciendo sus maquinaciones y jugando a sus intrigas palaciegas entre copas de ...