Atrapado

Congelado como estoy, mis pensamientos ya no fluyen. Mi mente se halla atrapada entre dos realidades, dos mundos, de los cuales ya no distingo cuál es real y cuál es imaginario.

En el que supuestamente debería considerarme real, me veo a mí mismo como una imagen difusa, un reflejo que toma consistencia únicamente cuando llueve, y al cual nadie ve el resto del tiempo. Como si no existiera. Como si no estuviera ahí. Al lado de una infinidad de personas que parecen no verme ni oírme. ¿Cómo descongelar sus ojos para que puedan verme?

En el otro, el imaginario, me considero mi mismo real, verdadero, con pensamientos claros y concretos, y sin confusión nublando todos mis sentidos. Soy lo que soy, lo acepto. Tengo fuerza, soy poderoso, soy más poderoso de lo que nadie pudiera nunca imaginar. En mi mundo único y perfecto no hay sombras, todo es creíble, verdadero, eterno e inmutable. No existen en él, evanescencias o reflejos, objetos oscuros e imperfectos que impiden la adecuada comprensión de lo elevado y natural.

¿Cuál es entonces mi mundo de verdad? ¿Un mundo de crueldades y falsedad, donde nadie puede valorar ni su alma ni su personalidad, y donde pocos tienen claro lo que son y lo que no son? ¿O un mundo mío, único, perfecto, inigualable, en el cual puedo soñar y elegir por mí mismo, rechazando lo que es irreal?

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