Rodarán cabezas

Ya está. Ha sucedido. El inicio del fin ha llegado y la inexorable cuenta atrás ya ha comenzado. La censura final está aquí; la privatización de toda libertad empieza ahora y no va a detenerse. Todos contenemos el aliento, acongojados y muertos de miedo; no sabemos cuál será el siguiente movimiento que hará la oscura sombra que nos gobierna, pero de algo podemos estar seguros: rodarán cabezas.

No obstante, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que sigo sin comprender porque vivimos de esta manera. ¿Por qué dejamos que otros decidan lo que está bien o mal? ¿Por qué una escasa minoría ostenta todo el poder y llevan vidas de lujo y ensueño mientras hay gente sin trabajo, asfixiados para llegar a fin de mes, o muriéndose de hambre en los casos más extremos? 

La respuesta es muy clara: porque nosotros lo permitimos. Consentimos que haya una vieja nobleza veneciana vestida de marca haciendo sus maquinaciones y jugando a sus intrigas palaciegas entre copas de Chardonnay y bandejas con caviar; mientras nos mueven y sacrifican a todos como a peones de un tablero de ajedrez. Nos hacen vivir en una ilusión permanente, haciéndonos creer que les necesitamos para sentirnos parte de algo, que requerimos ser dominados por otros porque no podemos controlarnos solos; cuando éso no es más que una gran red de mentiras que conforman la llamada "Gran Mentira". 

Esa mentira que se dicen a sí mismos para poder dormir por las noches entre sábanas de algodón egipcio; esa mentira que dicen al pueblo para que éste permanezca apaciguado y sumiso; la mentira cuyos complejos nudos se debilitan año tras año, incoherencia tras incoherencia, escándalo tras escándalo. Nos mantienen en letargo para que no percibamos la realidad en la que ellos desean que vivamos: la realidad que para ellos es un cómodo derecho y privilegio; y que, para los demás, es una obligación a punta de pistola. 

Lo más gracioso es que nosotros elegimos creernos su ilusión. Porque tememos pensar por nosotros mismos, o nos hemos vuelto demasiado perezosos para hacerlo; queremos una vida fácil, cómoda, sin complicaciones: queremos alcanzar el lujo y el estatus que ellos ostentan. Por ello delegamos nuestras decisiones en una Sombra que no tiene rostro ni nombre, una Sombra que nos sume en una ensoñación interminable, haciéndonos creer que viviremos así, mientras se dedica a enriquecerse a costa de pisotearnos.
Y esa Sombra no son más que otras personas como nosotr@s. Hombres y mujeres egoístas y superficiales, que sangran si se cortan, que envejecen, que tienen todo en el mismo sitio que los demás, que no necesariamente son más inteligentes que el resto (hecho más que probable). 
Porque no disponen de poderes especiales, ni facultades sobrehumanas que les predispongan genéticamente a gobernar. No son dioses, ni titanes. No son más que personas normales como las demás; que, desafortunadamente, son incapaces de conformarse con lo que tienen, por lo que se apropian de cosas que no les pertenecen. 
Porque, a diferencia de la Gran Mentira, ésa es la Gran Verdad: el ser humano no puede poseer el mundo. La tierra no tiene ni puede tener dueño, es de todos y para todos. Las ideas son intangibles como el aire, la mayoría pertenecen o son fruto de juntar otras que corresponden a un imaginario colectivo común; y, las que no, tampoco deben emplearse con fines avaros, porque de una forma u otra pertenecen al conjunto.  Todas las concepciones, acerca de lo que es suyo y de lo que es nuestro, son lo mismo: algo que no existe. 

La sociedad humana actual está podrida y corrupta desde arriba hasta abajo; el hombre no se conforma con compartir las maravillas que la naturaleza le ofrece, sino que la cambia y la modifica a su entero antojo, creyéndose dueño y señor de todo cuanto habita bajo el cielo. 

Pero, desafortunadamente para esa Sombra, al ser todos iguales, todos tenemos las mismas debilidades y fortalezas. Llegará un día en que nos daremos cuenta de cual es su juego, y entonces diremos "basta". 
Y todo el sistema por el que llevan siglos trabajando para quitarnos los derechos y las libertades (que nos pertenecen tanto como a ellos), se vendrá abajo como un castillo de naipes; porque perderán cualquier control que pudieran ejercer. Entonces se darán cuenta de que es demasiado tarde; de que la revolución ha comenzado y de que no saben lidiar con algo así.
Llegará el apocalipsis. El fin de la sociedad.
Y, entonces...
Sólo entonces...
Rodarán cabezas.

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