No hay furia en el infierno...

«Imagina que te despiertas una mañana con resaca. Crees que todo ha sido una pesadilla. Tratas inútilmente de ordenar tus pensamientos y recordar todos los detalles de algo terrible que intentaste ahogar en alcohol. 
Cuando lo consigues, sientes un vacío en tu pecho, un agujero negro que crece por momentos y te sume en la amargura más atroz. Por fin te percatas de lo que has hecho, de lo que te han hecho, una vez que la resaca y la confusión se han disipado ligeramente. 
Estás sola. Te han dejado por otra. Notas como la compresión de lo sucedido asciende hasta tu garganta y se enrosca allí. El pesar, la angustia y la pena empiezan a aflorar formando un torrente de lágrimas, mientras te abrazas las rodillas, buscando algo de consuelo. 
Lloras durante horas. Cuando te quedas sin lágrimas, sólo queda una densa y profunda oscuridad, un vacío sin final. Te levantas, te duchas, y te preparas algo de comer; todo ello sin pensar, sin pestañear, sin apenas respirar. 
Cuando empiezas a comer, la comida te sabe a cenizas; y, conforme la aflicción se desvanece, empiezas a sentir algo diferente. Un sentimiento que aúna esa rabia subyacente, ese dolor y esa angustia por haber sido traicionada, junto a un deseo de venganza que no hace sino acrecentar tu furia. 
Y odio. Mucho odio. Un odio que te ha roto el corazón y que te llevará a hacer cosas indecibles.
¿Conoces el sentimiento?
Así empieza mi historia...»


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