Castillo de arena

Hay verdades confusas escondidas dentro de mí. Son ideas que se entremezclan unas con otras, que me sumergen en episodios de estrellas y furor inexplicable; que martillean en mi sien llenándome la cabeza con imágenes que parpadean, que brillan un instante antes de desvanecerse para siempre. Y aunque nunca coinciden, nunca son las mismas, mi pensamiento divergente sigue contemplándome como a un tercero, como a un autómata que confunde realidad con ficción y que ve cosas que sabe no pueden existir. Pero parecen hacerlo, porque las palpo y están ahí, aunque más tarde se evaporen. 
No importa lo mucho que trate de distanciarme de esas vagas ilusiones, siguen ahí,  latentes, atrapándome en sus redes y alejándome cada vez más de lo que los demás entienden por realidad. Me provocan una maraña de emociones complejas que me aturulla mientras aspiro a rechazar las perturbadoras sombras que hay a mi alrededor. 
El símbolo que realza el poder oculto en mí desdibuja sus contornos cuando el sello que fija esa oscuridad interior amenaza con romperse. Sé muy bien que si ocurre se liberará mi ruina. 
El caos intrínseco a mi condición debe permanecer bajo control. O el orden que he intentado tan duramente establecer acabará desmenuzándose como un castillo de arena arrastrado por la fuerza de las olas.

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