Hay quien dice que la confianza hay que ganársela. Esto es muy cierto, la confianza es algo que no se puede ofrecer de forma gratuita. Si se da sin reparos, muchas veces se sale perjudicado.
Estás hastiado de ese continuo ir y venir, de dar vueltas en círculos de un sitio a otro mientras haces malabares con los diferentes aspectos de tu vida, que se cruzan y entrecruzan como el entramado de un tapiz. Las sienes te martillean, te pesan los párpados y tu garganta está completamente seca. Te duele todo: notas un agobio generalizado, un estrés que se transmite como una corriente eléctrica por tus venas y arterias. Y crees que no vas a ser capaz de continuar: sabes que te vas a estrellar, que algo dentro de ti va a explotar. Tienes la certeza absoluta de que todo va a terminar en un cortocircuito: sufrirás un ataque de nervios y colapsarás. Esto no es vida: lo sabes, lo admites, pero te niegas a relajarte o a quitarte cosas que sabes es casi imposible compaginar. Porque lo necesitas, necesitas esa marea de sensaciones asfixiantes y extenuantes ascender desde tu pecho; esa compleja maraña de estrés y agotamiento que te hace desear la explos...
Desde hace unos días siento cómo la vida me desborda, cómo las decisiones que en su momento debería haber tomado, reflexionando cuidadosamente, llaman ahora a mi puerta, como ansiosos acreedores a la espera de un pago que no puedo asumir. Y aquí estoy yo, bloqueándola, fingiendo que no estoy en casa, recostado contra la pared cubriéndome los oídos con las manos mientras entierro la cabeza entre mis rodillas. El futuro es un especulador y un mafioso cruel: le solicité un préstamo cuyos intereses son más elevados de lo que al principio pensé. Y ahora el contrato está firmado y sellado, y echarse atrás no es una opción. Lo único que se me ocurre hacer es esconderme, hacer oídos sordos a los esbirros que ha mandado tras de mí. Y las palabras, aquellas que inexorablemente determinaron mi camino, se repiten una y otra vez en mi cabeza, un eco palpitante y continuo como el del Corazón Acusador de Edgar Allan Poe; las agujas de un reloj que trazan su ciclo y cuyo retintín me enloquece; ...
Me hundo en una profunda depresión cada vez que la miro, cada vez que la veo acercarse con su hermosa sonrisa, mirándome sólo a mí. No es por lo que siente, no es p or lo que dice, es solo por lo que hace, es solo por lo que cree... A sus ojos soy perfecto, soy una isla en un mar de soledad, estoy en un pedestal tan alto del que ni yo mismo sé bajar... No tengo defectos, no soy humano, para ella soy un dios. Pero los dioses se caen, y sus seguidores pronto se cansan de seguirles... Porque yo no quiero que me considere un dios, no deseo que esté ciega ante mis defectos, no quiero que me siga si es solo porque cree que soy perfecto... Lo único que quiero es que me quiera, que soporte mis manías, y quiero discutir con ella, que no me de la razón siempre como una simple marioneta en mis manos, deseo equivocarme, cometer errores, para poder aprender... La quiero, sí, pero no es así como quiero que me vea, sino con mi mal humor, mi frialdad, y con otros muchos de mis defectos. Sinó es así,...
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