De vuelta a casa, cierras los ojos y apoyas tu frente contra el cristal. El cansancio agarrota tus músculo; tu vista, cansada, es incapaz de enfocar todo aquello que te rodea. Matarías por ser libre, abrir los ojos y despertar en otro lugar: un lugar en el que ya has estado, un lugar que conoces bien y donde te sientes feliz y completo.
Ilusionado, lo intentas. No obstante, todo es en vano.
Despiertas en un bus mugriento, con mil y una personas a tu alrededor mirándose entre ellos con curiosidad.
«Bueno...» Suspiras «Quizá otro día».
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